Llego a Cartagena y me encuentro con mi amigo Alejo y exploramos la ciudad. Me recuerda bastante a Cádiz, con su perímetro que da al mar y calles estrechas y cuadriculadas, con plazoletas como la de la Trinidad, llenas de vida, sobre todo por la noche, perfecto para beber «piñas coladas» y «mojitos».

Es una ciudad bastante turística, pero con encanto, ya que tiene muchos rincones y locales interesantes, como el café Coroncoro donde se puede desayunar sopa de pescado rodeado de «costeños», policías y algún guiri, o comer ceviche debajo de un árbol de caucho gigante, donde hay paradas donde lo preparan con tomate y un montón de botellas con diversos ingredientes, como por ejemplo, apio.

Ceviche cartagena

Comiendo ceviche en las paradas de la Avenida Venezuela

Subimos a explorar la Fortaleza de San Felipe, lugar de una interesante batalla entre los españoles y el pirata Drake. Desde aquí se ve la parte nueva de Cartagena, donde vive la mayoría de la gente. Alguien nos recomienda ir al barrio de la Popa para ver un barrio más popular, pero al final no vamos.

El volcán Totumo

El dia siguientetomamos un bus en el barrio de Cabrero que nos lleva hacia el norte hasta unos kilómetros más allá de Lomita Arena, donde pedimos que nos dejen. Desde allí caminamos un kilómetro para llegar al pequeño «volcán» de Totumo, en medio de un lago y de manglares. Del interior de la tierra sale calor termal y un barro muy denso que no permite que te hundas, una sensación muy extraña que disfrutamos rodeados de una abuela de Barranquilla que se quiere rejuvenecer y unos cuantos niños que flipan, al igual que nosotros.

Volcán Totumo

Alejo en el volcán Totumo

Volcán Totumo

Enlodados en el Totumo

Palomino y Cabo de la Vela

Al día siguiente vamos hacia el norte, a Palomino, un pueblecito costero bastante turístico y fiestero, donde bajamos por el río en neumático. Es muy relajante por la corriente que es floja y los pájaros y vegetación exuberante que vemos al margen del río. La desembocadura es una delicia, con niños jugando, el mar y unos chiringuitos donde comemos ceviche y «patacón» (plátano maduro frito).
Un día más tarde, viajamos 5 horas hacia el norte, en un bus con predicador y vendedores ambulantes incluidos, para llegar a Cabo de la Vela, en la Guajira.
El pueblo tiene su encanto, rodeado de playas, acantilados y desiertos, donde viven los Waius. Algunos se dedican al turismo, pero la mayoría viven de forma bastante básica en poblados aislados, donde tienen «chivos» (cabras) y cultivos básicos.

Por la mañana la gente se acerca al mar con cubos de agua que llevan a las casas para ducharse y los aseos. Rosa y Yazira nos venden «tinto», café con mucho azúcar, y descubrimos zumos de frutas desconocidas hasta ahora, como el «lulo» o el «zapote».

Tinto Cabo de la Vela Rosa Yazira

Rosa y Yazira nos venden tinto en Cabo de la Vela

Como toda la electricidad se hace con generador, nos convencen para comprar dos litros y medio de gasolina y poder ver el partido de copa del rey Barça-Athletic, que vemos en el bar con los chicos del pueblo.

Cabo de la vela
Puesta de Sol en Cabo de la Vela

Vamos a caminar para visitar el faro, el «ojo de agua» y el «pan de azúcar», con buenas vistas y turistas de Bogotá que se quieren hacer fotos con nosotros.

Pan de Azúcar Cabo de la Vela
Vista desde el Pan de Azúcar
Hamacas Cabo de la Vela
Dormir en una hamaca no es tan fácil como parece

¡También aprendemos a dormir en una hamaca, no es tan fácil como parece! Por la postura, el frío de la madrugada y sobre todo por los colombianos de vacaciones que abren el maletero del coche donde tienen unos potentes altavoces que escupen «vallenato» y «reggeaton» y convierten el camping en una discoteca en un santiamén.

Aventura hacia Punta Gallinas

Al día siguiente salimos cuando aún es de noche para ir a Punta Gallinas, el punto más septentrional de Sudamérica. Hay que ir en tour, ya que solo se llega en 4×4, atravesando zonas desérticas y embarradas. Conocemos a Andrea y Caro que nos acompañan en la aventura.

Niña Waiu Guajira
Niña Waiu intentando cobrar peajes

Niños y niñas Waius hacen peajes con cuerdas, que bajan a cambio de unas frutas o galletas, y también venden sandías, caracolas y camarones. Algunos colombianos nos dicen que las empresas que extraen carbón de la zona han desviado el río, haciendo que muchos pueblos se hayan quedado sin la poca agua que tenían.

Llegamos a Punta Gallinas y después exploramos las dunas y la playa de Taroa, lugares de una gran belleza por el contraste entre el desierto y el azul del mar.
Punta Gallinas es el punto más al norte de Suramérica, totalmente diferente a Cabo Froward que vi fa 2 años atrás en el sur de Chile. La similitud es que son dos lugares muy auténticos con una naturaleza bellísima.
Niños Waiu Punta Gallinas
Niños Waius en Punta Gallinas
punta gallinas Colombia
Punta Gallinas

Al día siguiente volvemos hacia el sur y Eulyses, nuestro conductor, rescata a varios vehículos atrapados en el barro.

Jeep Guajira
Rescate de coches encallados en la Guajira

 

Equipo Guajira
Eulyses nos lleva a buen puerto con su Super Jeep

Llegamos hasta Río Hacha, un pueblo tranquilo y acogedor con gente que toma el fresco en sillas en la calle y turismo mayoritariamente local, donde celebramos con Carol y Andrea esta gran excursión, comiendo en «la casa del marisco».

Equipo Guajira

En la casa del marisco con Caro, Andrea y Alejo

¡Salud y buen provecho!

Yep Yep Yep